Una vez concluida la ducha, regreso a mi habitación, enciendo el
televisor para enterarme de las noticias matutinas y del reporte del tráfico, me
visto rápidamente, saco del refrigerador un yogurt, tomo las llaves del auto y
salgo apresuradamente para poder llegar a tiempo a la Universidad.
Al llegar, tarde como casi siempre, la profesora de México me echa una mirada de pocos
amigos. Sin embargo me permite entrar a clase. Ella, como casi todos mis
compañeros, ignora que llevo una doble vida. Por las mañanas soy estudiante de
la Licenciatura de Derecho en la UAM y por las noches el percusionista del Internacionalmente desconocido Grupo
Contraste. Una agrupación musical que está integrada por cerca de doce músicos
—incluyéndome— y que nos dedicamos a tocar, en un pequeño bar llamado El Coco Rumba, lo mejor de la música
cubana, puertorriqueña y colombiana de todos los tiempos.
Cada noche en el Coco Rumba, para mí, es especial. Aparte de disfrutar
de buenos tragos, también me puedo dar el lujo de bailar con muchas de las
chicas que acuden a este lugar en busca de diversión y que, muchas veces,
tienen una cierta atracción por los integrantes de la orquesta en especial por
los más jóvenes como yo.
Es por eso que yo amo este oficio. No solo por las chicas, sino
que me permite liberarme de todo el estrés que me causan las actividades diarias.
No puedo describir la forma en cómo el sonido de cada uno de los instrumentos
se fusionan en perfecta sincronía, en cada pieza musical. El sentir la armonía
del piano combinada con las notas sincopadas del contrabajo; el ritmo de la cascara, las maracas y el güiro; el
bongó con su clásico golpe de martillo
y, por supuesto, mi mágico instrumento: las
congas transmitiendo, en cada golpe, esa vibración en los pies que hace que
las parejas se acerquen a la pista a mostrar sus mejores pasos de baile.
Por ahora tengo que despedirme. Pero cosas importantes harán que la vida de este músico cambie. ¿Para bien o para mal? Ya lo descubriremos.
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