lunes, 18 de febrero de 2013

Coco Rumba

       Seis de la mañana. Suena el despertador. La típica melodía molesta la cual, por alguna extraña razón, no he cambiado desde hace tres años. Torpemente me dirijo hacia el baño. De forma casi inconsciente abro la llave de la regadera. Mientras el agua tibia recorre lentamente mi cuerpo salgo del trance y comienzo a recordar la noche anterior llena de buenos momentos, pero sobre todo, de muy buena música.

Una vez concluida la ducha, regreso a mi habitación, enciendo el televisor para enterarme de las noticias matutinas y del reporte del tráfico, me visto rápidamente, saco del refrigerador un yogurt, tomo las llaves del auto y salgo apresuradamente para poder llegar a tiempo a la Universidad.

Al llegar, tarde como casi siempre, la profesora de México me echa una mirada de pocos amigos. Sin embargo me permite entrar a clase. Ella, como casi todos mis compañeros, ignora que llevo una doble vida. Por las mañanas soy estudiante de la Licenciatura de Derecho en la UAM y por las noches el percusionista del Internacionalmente desconocido Grupo Contraste. Una agrupación musical que está integrada por cerca de doce músicos —incluyéndome— y que nos dedicamos a tocar, en un pequeño bar llamado El Coco Rumba, lo mejor de la música cubana, puertorriqueña y colombiana de todos los tiempos.

Cada noche en el Coco Rumba, para mí, es especial. Aparte de disfrutar de buenos tragos, también me puedo dar el lujo de bailar con muchas de las chicas que acuden a este lugar en busca de diversión y que, muchas veces, tienen una cierta atracción por los integrantes de la orquesta en especial por los más jóvenes como yo.

Es por eso que yo amo este oficio. No solo por las chicas, sino que me permite liberarme de todo el estrés que me causan las actividades diarias. No puedo describir la forma en cómo el sonido de cada uno de los instrumentos se fusionan en perfecta sincronía, en cada pieza musical. El sentir la armonía del piano combinada con las notas sincopadas del contrabajo; el ritmo de la cascara, las maracas y el güiro; el bongó con su clásico golpe de martillo y, por supuesto, mi mágico instrumento: las congas transmitiendo, en cada golpe, esa vibración en los pies que hace que las parejas se acerquen a la pista a mostrar sus mejores pasos de baile.
 
Por ahora tengo que despedirme. Pero cosas importantes harán que la vida de este músico cambie. ¿Para bien o para mal? Ya lo descubriremos.


 
 


 

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