Por fin ha caído la noche. En unas
horas comenzará nuevamente el show.
Alisto mi vestimenta para el día de hoy. Según recuerdo, Arturo —trombonista y
director musical del grupo— me había pedido que nos vistiéramos con traje gris,
camisa rosada, corbata del mismo color y unos zapatos cafés. Adicional a
esto incluyo unas gafas oscuras —muy parecidas a las que usaba John Lennon
o Jean Reno en la película El perfecto asesino—
también una arracada sobrepuesta en el oído izquierdo (no tengo perforación) y
un sombrero tipo porkpie al color del
traje. Siempre he considerado que el vestuario de un músico debe tener algo que
lo haga destacar, que lo haga identificable dentro de la agrupación, una
especie de disfraz. Para mí, el subirme a un escenario significa una
transformación en un personaje distinto al que soy en la vida cotidiana. A
través de la música, libero y canalizo todas mis sensaciones reprimidas por la
cotidianidad.
Llego al Coco Rumba poco antes de las
nueve de la noche. El lugar ya está lleno. Me dirijo hacia la barra y pido una
cerveza. Poco a poco va llegando el resto de la agrupación. De pronto alguien
golpea mi espalda.
—¡Richie! —dijo una voz que me parecía
muy familiar. Al volverme, mi sorpresa fue mayúscula: era Timbalero, mi mejor amigo desde la adolescencia.
Iván Flores ganó su sobrenombre por
la forma tan virtuosa de tocar los timbales. Es la persona a la que le debo mi
pequeña carrera musical. Lo conocí en el primer grado de la secundaria y
gracias a los constantes trabajos en equipo que dejaba nuestro profesor de
Historia nos hicimos grandes amigos. Recuerdo perfectamente la primera ocasión
en que fui a su casa a realizar uno de esos trabajos. Quedé
totalmente sorprendido al ver a la orquesta que ensayaba en el estacionamiento.
Su papá era el trompetista de aquella orquesta, y Timbalero precisamente estaba
haciendo sus pininos en la percusión. Aquella escena marcó completamente mi
vida y desde ese momento supe que quería dedicarme a la música.
Esa tarde no hice otra cosa más que
preguntarle todo sobre la orquesta y cómo se había unido a ella mientras le
externaba lo mucho que a mí me gustaría aprender a tocar algún instrumento y
formar parte de una orquesta parecida. Al día siguiente me hizo la propuesta de
enseñarme lo poco que, hasta ese momento, había aprendido en el bongó. Fue en
ese momento en el que se sellaba, al ritmo de la música, una amistad que
perdura hasta estos días.