domingo, 24 de febrero de 2013

Timbalero


Por fin ha caído la noche. En unas horas comenzará nuevamente el show. Alisto mi vestimenta para el día de hoy. Según recuerdo, Arturo —trombonista y director musical del grupo— me había pedido que nos vistiéramos con traje gris, camisa rosada, corbata del mismo color y unos zapatos cafés. Adicional a esto incluyo unas gafas oscuras —muy parecidas a las que usaba John Lennon o Jean Reno en la película El perfecto asesino— también una arracada sobrepuesta en el oído izquierdo (no tengo perforación) y un sombrero tipo porkpie al color del traje. Siempre he considerado que el vestuario de un músico debe tener algo que lo haga destacar, que lo haga identificable dentro de la agrupación, una especie de disfraz. Para mí, el subirme a un escenario significa una transformación en un personaje distinto al que soy en la vida cotidiana. A través de la música, libero y canalizo todas mis sensaciones reprimidas por la cotidianidad.

Llego al Coco Rumba poco antes de las nueve de la noche. El lugar ya está lleno. Me dirijo hacia la barra y pido una cerveza. Poco a poco va llegando el resto de la agrupación. De pronto alguien golpea mi espalda.

—¡Richie! —dijo una voz que me parecía muy familiar. Al volverme, mi sorpresa fue mayúscula: era Timbalero, mi mejor amigo desde la adolescencia.

Iván Flores ganó su sobrenombre por la forma tan virtuosa de tocar los timbales. Es la persona a la que le debo mi pequeña carrera musical. Lo conocí en el primer grado de la secundaria y gracias a los constantes trabajos en equipo que dejaba nuestro profesor de Historia nos hicimos grandes amigos. Recuerdo perfectamente la primera ocasión en que fui a su casa a realizar uno de esos trabajos. Quedé totalmente sorprendido al ver a la orquesta que ensayaba en el estacionamiento. Su papá era el trompetista de aquella orquesta, y Timbalero precisamente estaba haciendo sus pininos en la percusión. Aquella escena marcó completamente mi vida y desde ese momento supe que quería dedicarme a la música.

Esa tarde no hice otra cosa más que preguntarle todo sobre la orquesta y cómo se había unido a ella mientras le externaba lo mucho que a mí me gustaría aprender a tocar algún instrumento y formar parte de una orquesta parecida. Al día siguiente me hizo la propuesta de enseñarme lo poco que, hasta ese momento, había aprendido en el bongó. Fue en ese momento en el que se sellaba, al ritmo de la música, una amistad que perdura hasta estos días.

lunes, 18 de febrero de 2013

Coco Rumba

       Seis de la mañana. Suena el despertador. La típica melodía molesta la cual, por alguna extraña razón, no he cambiado desde hace tres años. Torpemente me dirijo hacia el baño. De forma casi inconsciente abro la llave de la regadera. Mientras el agua tibia recorre lentamente mi cuerpo salgo del trance y comienzo a recordar la noche anterior llena de buenos momentos, pero sobre todo, de muy buena música.

Una vez concluida la ducha, regreso a mi habitación, enciendo el televisor para enterarme de las noticias matutinas y del reporte del tráfico, me visto rápidamente, saco del refrigerador un yogurt, tomo las llaves del auto y salgo apresuradamente para poder llegar a tiempo a la Universidad.

Al llegar, tarde como casi siempre, la profesora de México me echa una mirada de pocos amigos. Sin embargo me permite entrar a clase. Ella, como casi todos mis compañeros, ignora que llevo una doble vida. Por las mañanas soy estudiante de la Licenciatura de Derecho en la UAM y por las noches el percusionista del Internacionalmente desconocido Grupo Contraste. Una agrupación musical que está integrada por cerca de doce músicos —incluyéndome— y que nos dedicamos a tocar, en un pequeño bar llamado El Coco Rumba, lo mejor de la música cubana, puertorriqueña y colombiana de todos los tiempos.

Cada noche en el Coco Rumba, para mí, es especial. Aparte de disfrutar de buenos tragos, también me puedo dar el lujo de bailar con muchas de las chicas que acuden a este lugar en busca de diversión y que, muchas veces, tienen una cierta atracción por los integrantes de la orquesta en especial por los más jóvenes como yo.

Es por eso que yo amo este oficio. No solo por las chicas, sino que me permite liberarme de todo el estrés que me causan las actividades diarias. No puedo describir la forma en cómo el sonido de cada uno de los instrumentos se fusionan en perfecta sincronía, en cada pieza musical. El sentir la armonía del piano combinada con las notas sincopadas del contrabajo; el ritmo de la cascara, las maracas y el güiro; el bongó con su clásico golpe de martillo y, por supuesto, mi mágico instrumento: las congas transmitiendo, en cada golpe, esa vibración en los pies que hace que las parejas se acerquen a la pista a mostrar sus mejores pasos de baile.
 
Por ahora tengo que despedirme. Pero cosas importantes harán que la vida de este músico cambie. ¿Para bien o para mal? Ya lo descubriremos.